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  • : Espacio Geográfico. Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri
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  • : Espacio Terrestre: objeto de estudio de la Geografía. Bitácora de Geografía Teórica y otros campos de conocimiento del autor. Su objetivo es el conocimiento científico geográfico en el método de la modernidad.
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21 agosto 2011 7 21 /08 /agosto /2011 23:02

Esfera Armillar; Geografía BásicaLa Geografía como Ciencia de las Transiciones Entre los Elementos, Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, 1978.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri,

 “Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

 http://espacio-geografico.over-blog.es/

 La Tierra; 1 (jN, lW); 22 ago 11.

 

Esta idea de la Geografía como la ciencia de las transiciones entre los Elementos, nos fue expuesta por el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada (1978), basada en el pensamiento de los antiguos griegos en su idea de determinar un principio esencial: con Tales, en el agua; con Anaxímenes en el aire, y con Heráclito en el fuego; a lo que Empédocles agregó un cuarto Elemento, la tierra, considerando a todos en su conjunto como esas esencias permanentes.

 

 Tanto Tales con lo que él llamó el arké, o con Anaximandro, su discípulo, con su ápeiron, habían planteado con ello, con fundamento en el pensamiento filosófico materialista, que estos constituían el principio primordial del cual el cual se transforma para dar lugar a la sucesión de los Elementos.  No obstante, Empédocles tomó los cuatro Elementos como estables y eternos, no generados, , sino a lo más aumentando o disminuyendo en cantidad en su mezcla en una unidad sustancial , bajo el principio de atracción y repulsión.

 

 En ese momento, todo ello correspondía al pensamiento filosófico materialista, pero, a su vez, expresaba el pensamiento filosófico dialéctico, como dos sistemas filosóficos que en ese entonces se consideraban separados uno del otro.

 

 Volver a la idea de los Elementos no constituye, por ese sólo hecho, ninguna regresión histórica, sino, paradójicamente, representa un avance  en la geografía contemporánea, en tanto que dichos Elementos  constituyen una generalización de los fenómenos particulares, de la litósfera, atmósfera, hidrósfera, y biósfera, separando a la geografía de su identidad equívoca con otras ciencias.

 

Es, en ese sentido, de generalización y abstracción (no de particularización y concreción), que la consideración representa un avance en el desarrollo teórico.  Riábchikov, “geógrafo físico”, propuso el estudio del balance de energía entre ellos como la tarea eminentemente geográfica; pero el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, “geógrafo de la salud”, hablaba aún del sentido original entre las esencias: el de las transiciones entre los Elementos; de modo que se estudiase de ellos, por ejemplo, la “afección en los humores”, en su forma contemporánea como las afecciones a la salud.  Él, al igual que Riábchikov, en el ámbito de la “geografía fenomenista”, incluso con una mayor tendencia hacia ello.

 

Dialécticamente es aquí donde mejor puede expresarse el sentido del desarrollo positivo o progresivo de la ciencia y el conocimiento, pues, discriminado el aspecto fenomenista no vigente, podemos retomar como el principal aporte del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, precisamente ese esfuerzo de generalización y abstracción que va en la búsqueda de la identidad de ese objeto de estudio, y en el deslinde de las ciencias particulares.

 

Hablar en geografía, por ejemplo, del “Elemento tierra”, en vez de la tectonogénesis de Riábchikov, o de los procesos geológico-geomorfológicos de la “geografía fenomenista”, hace un mundo de diferencia; son tres cosas totalmente distintas, donde la generalización es evidente.  Otra cosa sería la teorización geográfica del “Elemento tierra”, como de los demás Elementos.  Teorizar sobre los Elementos en geografía, tendería a hacerla más geografía, en tanto que estudiar los procesos dados en el balance de energía epiro-talasogénica, o en los procesos geológico-geomorfológicos, propia de dos ciencias especiales, tiende a la desarticulación y dilución de la geografía en otras ciencias.  En una investigación, de alguna manera, se hace el geógrafo en identidad propia a esa búsqueda; en las otras investigaciones, , el geógrafo se deshace convirtiéndose en otro especialista, en un campo de estudios ya dado; ya en la geofísica, en general, o bien en otras más particulares.

 

Ahí es donde estaba la virtud de la propuesta del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, de aquellos años setenta.  Hasta donde lo percibimos, nos parece que no se desarrolló; y nosotros, evidentemente, no contribuimos a ello, primero, porque aún estábamos algo lejos para definir, pues no egresaríamos sino dos años después; y segundo, porque, intuitivamente, así se lo dijimos entonces al Dr. Sáenz, la trayectoria a la que conducía tal propuesta, estaba muy clara en su campo de investigación, pero que para nosotros, de algún modo, muy vagamente sentido, era aún una particularidad.

 

Visto con el tiempo, el problema esencial de tal propuesta estaba en la falta del enunciado del espacio, no obstante, explorando su camino, invariablemente, en tanto planteamiento de identidad geográfica, hubiéramos llegado a su vez, al espacio: ese era, precisamente, el “quinto Elemento”, la “quintaesencia”.

 

Históricamente es así, no es nuestro giro literario, el quinto Elemento, denominado “quintaesencia”, era el también llamado éter (o aether), considerado desde los griegos por siglos.  Cuando Newton en los siglos XVII a XVIII planteó el espacio como el vacío absoluto, ese vacío se vio en la disyuntiva  de identificarse, o bien con “la nada”, o bien, precisamente, con el éter.

 

Con la discusión de los Elementos en la Antigüedad, se desembocó, necesariamente, en el planteamiento de los átomos, con Demócrito.  Y el problema planteado con Demócrito  acerca de qué era lo que habría entre dos átomos, planteaba, de suyo, el asunto del espacio, y con él, de la “quintaesencia”: el éter, cuya discusión acerca de su existencia real o no, se propagó hasta principios del siglo XX.  El mismo Einstein, que primero lo negó, en una poco conocida conferencia de 1920 (incluso luego de su Teoría General de la Relatividad), declaró que <<parece ser que es necesario reconocer  la existencia del éter>>; revelando ello el atolladero en el principal teórico contemporáneo del espacio.

 

El camino planteado por el Dr. Carlos Sáenz de la Calzada era viable y correcto, y nos conduciría, necesariamente, al crucial y esencial problema de la Geografía: el espacio.  Más aún, cuando los Elementos, agua, aire, tierra y fuego, no se reducen en esta teoría a ser en sí la hidrósfera, la atmósfera, o la litósfera, sino que el fuego, por ejemplo, va más allá que un proceso de combustión, y  es, en esta teoría, una vasta serie de fenómenos naturales al mismo tiempo: la llama, la luz, el calor, la temperatura ambiente como la temperatura corporal, la fermentación bioquímica, la estereometría, e incluso la esencia de la alquimia; pero que es, a su vez, algo vinculado a las emociones o humores, es porque en esta teoría, los Elementos se refieren, integral y esencialmente, al estado de las cosas.

 

La mezcla más virtuosa de los Elementos era la denominada crasis, y así, la crasis de la geografía sería precisamente la mezcla la mezcla que proporciona el éter, y esta proporcionada mixtura, al final, no será otra cosa que la unidad dialéctica de los “estados de las cosas” o estados discretos (las cuatro esencias o Elementos), y el estado de espacio continuo más general y esencial (el éter o “quintaesencia”).

 

Era, ciertamente, un camino correcto, pero tanto como tortuoso, y plagado de desviaciones fenomenistas.  No obstante, si hoy tenemos que rescatar positivamente los aportes de la teoría de los Elementos en la propuesta del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada, ellos son, precisamente: 1) la generalización de los fenómenos en los Elementos (en las esencias), en donde aquellos se convierten en “estados de las cosas”, y siendo la cosa un espacio lleno o pleno, ello equivale a decir: “estados de espacio”; y 2) la crasis (o combinación proporcionada más virtuosa de los Elementos), representaría la dialéctica entre los estados discretos de espacio y el estado continuo del mismo representado en el quinto Elemento, en el éter o quintaesencia, que en la terminología más contemporánea, es el vacío mismo, no como “la nada”, sino como “un algo” al que nosotros, en su proporción natural entre los Elementos, hemos denominado el vacuum.

 


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14 agosto 2011 7 14 /08 /agosto /2011 23:04

SextanteInterpretaciones del Marxismo en Geografía.  Artículo (3/3).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri,

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://spacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra; 1 (jN, lW); 29 ago 11

 

Si Marx, Engels o Lenin tratan o no sobre el espacio (que lo hacen, y abundante y esencialmente), no es lo verdaderamente esencial, si acaso como referencia.  Obstinarse en la idea de que de Marx ha de extraerse una “teoría geográfica” (reductio ad absurdum), ello es petrificar lo más importante que Marx nos ha legado dado en la dialéctica materialista: el que ésta se entienda como un método creativo.  Lo que corresponde es entender el método y aplicarlo a la luz del avance del conocimiento en los más diversos campos de la ciencia involucrada en la definición del objeto de estudio.

 

Sin embargo, sucede precisamente, que lo que menos se entiende es dicho método; y basta citar lo que al respecto dice el colectivo de autores: “la mayoría coincide tanto en la aceptación de la prioridad del método como en la afirmación de la viabilidad del materialismo como teoría general de la sociedad[1].  Así, en estas breves líneas, que caracterizan acertadamente la situación, a su vez, por lo tanto, exponen el bizarro entendimiento que se tiene en ello mismo del marxismo.

 

Cuando a fines de los años setenta la mayoría coincidía en la prioridad del método, ello estaría bien por cuanto a su aplicación; y la primera condición de la aplicación de la dialéctica materialista, está en dos cosas: 1) encontrar la contradicción principal, y 2) determinar en ella la categoría esencial que define, a su vez, el objeto de estudio.  Si el método era lo prioritario ciertamente, sólo lo era en función de un objeto de estudio a precisar en el análisis de las contradicciones.

 

Pero esa segunda afirmación por la cual se dice que el materialismo es viable como teoría general de la sociedad, evidencia el desconocimiento total de lo que en realidad es el marxismo como método dialéctico materialista, pues el materialismo no es ninguna teoría general de la sociedad, sino toda una concepción filosófica del mundo.  Reducir el materialismo filosófico a un mero materialismo social, es justo lo que transforma el método de dialéctico, en determinismo mecanicista.

 

Así, de Richard Peet, comentan los autores: “admite que –y citan de él– <<del materialismo procede una concepción de la estructura general de la sociedad basada en el modo de producción de las necesidades materiales de la vida”[2].  Esto es, pobreza teórica marxista, pues tal hecho no deviene directamente del materialismo, sino de la interpretación dialéctico materialista de la economía política.  Una sutileza que hace toda la diferencia.

 

“En el campo específico del conocimiento geográfico –nos dice el colectivo de autores–, el discurso marxista supone en todos los casos aceptar la existencia de relaciones mutuas y complejas entre sociedad y espacio…”[3].  Y, ciertamente es así, pero hay que decir que esas relaciones del espacio, lo es con todo cuanto existe, pues nada en el mundo material es a-espacial.  De modo que nada habría de especialmente significativo en esa relación espacio-sociedad; a no ser, como dice nuestro colectivo de autores, que: “Lo definitorio y distintivo  de las perspectiva marxistas es el que privilegia la dimensión social”[4].

 

Pero, tratando acerca de la geografía, eso es, justo, no ot5ra cosa que un fetiche: la sustitución del espacio, el objeto de estudio reconocido históricamente, por “la dimensión social”, mediante el sofisma de un marxismo mal entendido, o tergiversado deliberadamente.

 

En ese marxismo empobrecido de Peet, se incurre justo en lo  que luego se critica a la geografía espacista; esto es, en el reduccionismo mecanicista: “<<las relaciones espaciales –dice Peet – deben ser entendidas como manifestaciones de las relaciones sociales (de clase) sobre el espacio geográfico>>, el que, en definitiva, el espacio aparezca, con todas sus consecuencias, como un producto social”[5].  Así, y sólo así, es como se puede entender esa idea de privilegiar la “dimensión social”.  Pero debemos aclararlo, eso ya no es marxismo, sino kantismo simple y puro, pues letra a letra, palabra a palabra, precisamente ese es el concepto de espacio en Kant, pero de ningún modo en Marx o Engels, en donde éste, en principio, se define objetivamente, esto es, que existe independientemente del pensamiento y de la sociedad, y no subjetivamente como “un producto social”, sino como una forma de existencia de la materia.

 

Que el espacio en el marxismo se defina objetivamente, quiere decir que éste no es, ni puede ser, “producto social”, sino a lo más, en ese marxismo que dependía de la física del siglo XIX, que ese espacio objetivo, es la sociedad misma en sus propiedades espaciales; pero que en un marxismo de fines del siglo XX y principios del XXI, a la luz de los nuevos avances de la física, esa objetividad del espacio está dada en el vacuum; mismo que está ya ahí, independientemente de la sociedad y su actividad, si bien, en la necesaria relación universal de los fenómenos.  Para la teoría del conocimiento fenomenológica en Kant, el espacio bien puede ser, y según Kant es, una “proyección [sensible] de la sociedad”[6]; pero es justo a partir de esta subjetividad, en realidad kantismo puro, que se fundamenta el reduccionismo de privilegiar el estudio del espacio suplantando sus propias leyes, por las leyes de la producción económico-social.

 

No sabemos, objetiva y concretamente, qué haya sucedido con esa “geografía radical”, en la que nada atendíamos, en el curso de los años ochenta.  Tenemos la impresión de que se fue diluyendo.  Incluso ello se deja ver en las nostálgicas palabras de Peet, cuando éste, en 1979, dice que <<la Geografía no estuvo preparada para responder a un análisis en profundidad de los orígenes sociales de los fenómenos espaciales”[7].  Como quiera que hay sido, esa interpretación “marxista” de la geografía no trascendió, y sí, más bien, dejó un enorme daño en el entendimiento correcto de esos fundamentos gnoseológicos.

 

En México, hemos dicho, una variante de esa “marxista” “geografía radical”, estuvo en la filiación de la llamada “geografía progresista”.  De ellos sí conocimos objetiva y concretamente sus estropicios en los años ochenta: “su geografía progresista de crítica y análisis espacial”, centrada en el fetichismo del “espacio social” como objeto de estudio de la geografía, con todo el apoyo institucional, acabó sirviendo a los intereses de esa vieja geografía fenomenista, idealista subjetiva, de antiguas orlas positivistas, obstaculizando el desarrollo científico de la geografía en  nuestro país.  Recién nos hemos enterado que supervivió hasta por ahí de 1994, luego de entonces, que también se diluyó: comenzaba, en ese año, el pesado oscurantismo a que contribuyeron para que se instaurara, y el cual dura hasta nuestros días al inicio de la segunda década del siglo XXI (si bien, pareciera haber atisbos de una nueva lucha contra ello, también no menos cierta es una realidad económico-social que impide toda acción).

 

No obstante, un pequeño grupo de geógrafos en México, que desde fines de los años setenta venía propugnando por una interpretación marxista de la geografía en otros y sus “ortodoxos” términos, nos organizamos fundando la Sociedad Mexicana de Teoría e Historia de la Geografía, sc (SMTHG, 1989), y desde ahí, con un poco de mayor madurez y solidez dada ya en nuestros planteamientos teóricos generalizados en función de una reinterpretación de la historia de la Geografía, y la defensa de nuestra tesis por una década, a la luz de nuestra interpretación dialéctico materialista; ciertamente ésta, en la versión molesta a gramscianos, “neomarxistas”, “radicales”, “progresistas”, y demás intelectualidad burguesa: es decir, que en esa interpretación en el “marxismo ortodoxo”, dimos un giro distinto al asunto.  Ea interpretación, originalmente dada en nuestra tesis de Licenciatura: “Geografía: Fundamento de su Teoría del Conocimiento”, sustentada en 1983, pero que ya estaba plateada así desde diciembre de 1981; y luego complementada con la tesis del compañero José C. Martínez Nava: “La Dialéctica como Método de la Geografía”, 1985; más los trabajos elaborados por los demás compañeros de la SMTHG en el lustro entre 1989 y 1994, formamos una versión distinta del análisis marxista en geografía.

 



[1]        Ibid. p.149 (subrayado nuestro).

[2]        Ibid. p.149.

[3]        Ibid. p.149.

[4]        Ibid. p.149.

[5]        Ibid. pp.149-150.

[6]        Ibid. p.150 (corchetes nuestros).

[7]        Ibid. p.144.


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14 agosto 2011 7 14 /08 /agosto /2011 23:03

Cuadrante SolarInterpretaciones del Marxismo en Geografía.  Artículo (2/3).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri,

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://spacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra; 1 (jN, lW); 22 ago 11.

 

Todo el problema ha estado, pues, en un inveterado prejuicio; es decir, en el antiguo juicio previo tomado de Estrabón, por el cual, la geografía es el estudio de la <<historia en los lugares>>.  Esto es, esencialmente dicho, <<el estudio del fenómeno social, en el espacio>>.

 

La razón por la cual, geógrafos que se asumen como marxistas, como Rodolphe de Koninck, en su trabajo “Co0ntra el Idealismo en Geografía”, 1978, o de Cor Van Beuningen en su “El Marxismo y el Espacio en Paul Claval”, 1979, citando de la obra aquí analizada, “le reprocha a Pau Claval, el expulsar de la explicación geográfica al capital…”[1], que, nos dicen los autores de la obra, Koninck califica de “bloqueo reaccionario”; pero, como correctamente observa el colectivo de autores de El Pensamiento Geográfico: “Porque, en efecto, el espacio…, no es, desde los presupuestos radicales, una variable independiente, sino que recibe <<en cada momento su significación concreta para un grupo humano determinado a partir de los actos de producción territorial del propio grupo>>”[2].

 

Pero a estos “geógrafos radicales” había que decirles que se equivocan de profesión, que su lugar estaría más bien, en la sociología, en la ciencia política, o en la economía.

 

Y en una extraordinaria paradoja, el colectivo de autores de la obra aquí considerada, mediante citas parafrásicas, nos dan lo que quizá sea una de los pasajes más notables de esta contradicción, no dialéctica, sino del pensamiento dado en el sentido común: “De esta forma –nos dice el colectivo citando a Koninck–, la geografía <<al hacer hincapié en las relaciones espaciales “isotropizadas”>> suministró, <<en un cuerpo rico en problemas capitalistas, tan sólo explicaciones espaciales para fenómenos espaciales>>”[3].

 

Y a eso que quizá para Koninck haya sido la más “feroz crítica”, no quedaba –como geógrafos espacistas– mas que encogerse de hombros y responder en la más absoluta y sincera confesión: “pues sí; efectivamente, así es…”, pues, efectivamente, son sólo explicaciones espaciales, a fenómenos espaciales, porque eso, justamente, es y ha sido históricamente, la Geografía., dejando a los economistas, sociólogos o politólogos, el estudio, bajo sus propias leyes, de esa “riqueza de problemas capitalistas”; y quizá esas explicaciones espaciales, tomadas de la geografía, en algo les pueda servir, para explicar con mayor rigor  su fenómeno objeto de estudio propio.

 

Otro geógrafo, a su juicio en un análisis marxista, como R. Peet en su “Contradicción Social y Geografía Marxista”, 1979, concluye con un dejo nostálgico, hablando en 1979 en pasado: la Geografía, “no estaba preparada para responder a un análisis en profundidad de los orígenes sociales de los fenómenos espaciales”[4].  Y aquí, lo que habría que preguntar, es sí, ¿”no estaba preparada”, o acaso ese no es su asunto?  Por qué criticar a la “geografía espacista” de mecanicista reduccionismo por reducir los fenómenos al espacio, y obstinarse, por esos mismos que así critican en que se “responda a los orígenes sociales de los fenómenos espaciales”; es decir, a que se responda a un fenómeno (social), con las leyes de otro (espacial).

 

Ha habido, pues, una trampa sofística fundada, como no podría ser sino así, en una premisa falsa: el que el objeto de estudio de la Geografía, sea el “espacio social”.

 

En la obra aquí analizada, su colectivo de autores nos dice que fue Stphen Folke en su trabajo “Por qué una Geografía Radical Debe ser Marxista”, 1972, el primero en intentar formalizar la aproximación marxista a la geografía.  Pero, como afirma el colectivo de autores, todo ello, en <<un intento de hacer surgir una alternativa de “ciencia social”>>[5].  A lo que nosotros, como marxistas, partidarios de tal concepción del mundo desde 1967 y luego incluso militante comunista entre 1974 y 1980, agregamos: de un marxismo pobremente entendido, el furibundo marxismo del intelectual pequeñoburgués que no entiende, antes que todo, al marxismo como una filosofía, como una visión del mundo; y como tal, como un todo históricamente dado del pensamiento tanto materialista como dialéctico, del pensamiento humano de todos los tiempos, y, por lo tanto, como una lógica, como una teoría del conocimiento, y simultáneamente, como una ética y una estética.

 

Ese marxismo empobrecido se reduce a entenderlo como teoría económica y político-social, donde la dialéctica no se entiende ni aplica y el materialismo no es más que una simple determinación económica.  Un marxismo que, despojado así de su esencia; la dialéctica de la contradicción objetiva y concreta; primero se petrifica (queriendo dejar el “viejo Marx del siglo XIX), y luego se quiere “superar” con subjetividades a lo gramsciano o franckfortiano.  Un marxismo depauperado que se cree sólo aplicable sólo a lo social, y por lo cual, para hacer de la Geografía una ciencia progresista, y salvar la conciencia política social del geógrafo, la misma ha de ser, primero, una ciencia social, en tanto estudiosa de un “espacio social”; y luego una “geografía radical”.

 

Esa “geografía radical” y “progresista”, no ha sido sino una pobre geografía, producto de un raquítico marxismo distorsionado.  De ahí que sea de una enorme importancia su crítica (quizá ciertamente extemporánea; treinta años después, pero ello ha sido producto de los tiempos que corren y ajeno a nuestra voluntad),  hasta ahí donde nuestro colectivo de autores en esta obra examinada nos lo ha dejado, previo a 1982, es decir, en lo que fue esa interpretación marxista muy propia de la década de los años setenta del siglo XX.

 

Hemos dicho antes, que le problema empieza desde el momento en que definimos la Geografía como ciencia del estudio del espacio, éste se fetichiza enunciándolo como espacio social, y luego, y no sin razón, se conceptualiza al “espacio social” como categoría marxista.  Y la pobreza en la definición como “categoría marxista”, está en que pareciera ser “marxista”, sólo porque es “social”; como si el espacio (sin adjetivos), de esenciales atributos físico-matemáticos, por ese solo hecho de naturaleza físico-matemática, ya no pudiera ser posible en una categorización marxista.

 

No sin razón se conceptúa así, pues en general se entiende al marxismo como una teoría revolucionaria y de transformación social, aun cuando sin entenderse que el marxismo es mucho más que una teoría de lo social.

 

Ese error está los antecedentes mismos del libro aquí analizado, dejando ver ello, cuando hablamos de los derroteros de la investigación en la línea del marxismo, se dice: “por un lado, se procede a rastrear la existencia de una verdadera teoría de la geografía en los textos fundamentales de materialismo histórico…”[6]; esto es, viéndose en el marxismo, sólo esa parte muy desafortunadamente denominada como “materialismo histórico”, lo cual no es sino la dialéctica materialista aplicada al análisis social (y no algo aparte o una parte especial del marxismo, como infortunadamente se entiende, incluso por la marxología misma); y justo en esta dirección apunta el texto aquí tratado, cuando, a continuación, se dice: “por otro lado, se persigue la elaboración de una geografía marxista, a través no sólo de la aceptación de los conceptos y del método, sino también mediante un esfuerzo de nueva categorización geográfica dentro (…) del materialismo dialéctico”[7], entendido aquí como algo aparte del materialismo histórico.  He ahí el empobrecimiento del marxismo, en donde al separar por un lado al “materialismo histórico” y por otra al “materialismo dialéctico”, cuando son uno y lo mismo, se incurre en la interpretación mecánica de la dialéctica materialista.

 



[1]        Gómez Mendoza, Josefina; et al, El Pensamiento Geográfico; Alianza Editorial, Madrid, 1982, p.144.

[2]        Ibid.  p.144.

[3]        Ibid.  p.144 (subrayado nuestro).

[4]        Ibid. p.144.

[5]        Ibid. p.148.

[6]        Ibid. p.148.

[7]        Ibid. P.148.


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14 agosto 2011 7 14 /08 /agosto /2011 23:02

Interpretaciones del Marxismo en Geografía.  Artículo (1/3).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri,

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra; 1 (jN, lW); 15 ago 11.

 

Antes de concluir esta larga revisión histórica de la teoría geográfica apenas en sus hitos fundamentales, conviene, a manera de una especie de resumen, el comentar el importante trabajo  del colectivo de Josefina Gómez Mendoza, Juli Muñoz Jiménez, y Nicolás Ortega Cantero, titulado: “El Pensamiento Geográfico.  Estudio Interpretativo y antología de Textos”, particularmente en su Primera Parte , tercer capitulo: “Las Tendencias Actuales del Pensamiento Geográfico", y el tercer apartado: “Las Radicales Geografías”, donde discuten los fundamentos geográficos de los años setenta del siglo XX, a partir de donde domina el análisis marxista en geografía.

 

La diferencia entre revisar la teoría geográfica bajo los fundamentos de las gnoseologías idealistas, fenomenológicas, y la gnoseología dialéctico materialista o marxismo, está en que , mientras la gnoseología fenomenológica es eminentemente subjetivista y admite toda posibilidad interpretativa, la gnoseología dialéctico materialista es eminentemente objetivista, y no admite más interpretación, que la muy criticada por los inexpertos, del “marxismo ortodoxo”; es decir, la que más fielmente responde al pensamiento de Marx y Engels; pero no por el dogma, sino porque su pensamiento, a la vez, expresado en los principios, leyes y categorías fundamentales de la dialéctica materialista, es reflejo objetivo de la realidad objetiva.

 

Todo sesgo a estos fundamentos constituye una desviación de dicha gnoseología, y ello supone, en lo más posible por quien revisa, como en este caso, la teoría geográfica, el conocimiento lo más rigurosamente posible de la teoría del conocimiento dialéctico materialista a fin de apegarse lo más estrictamente a ello.

 

Así, todo lo que no está interpretado en términos de la filosofía marxista, la dialéctica materialista, lo estará en términos, necesariamente, de alguna variante del pensamiento idealista, y ese es el caso de esta obra, una de cuyas partes comentaremos aquí.

 

Desde el punto de vista de la interpretación marxista de la historia, como en este caso, del pensamiento geográfico, ello consiste en determinar, primero, la contradicción principal, y luego examinar su desenvolvimiento a lo largo de la historia, la cual se periodizará de acuerdo con el comportamiento de dicha contradicción, en un sucesivo proceso histórico de subsunción, en donde esta pasa de la identidad a la contrariedad, y de ella a la contradicción como tal.

 

Cuando no se aplica el análisis de la contradicción, esencia de la dialéctica materialista, esa historia suele hacerse  en forma unilineal, en donde todo es válido por igual, y sólo hay diferencias en el tipo de propuesta en el tiempo.

 

Bajo el análisis de la contradicción, la solución correcta está en uno de los opuestos negado por el otro el cual se subsume, en el proceso multilineal de una identidad cada vez más precisa del objeto de estudio de la ciencia, como conocimiento reflejo del mismo dado en la realidad objetiva.  En esta obra aquí examinada, no se aplica el análisis de la contradicción, luego, no corresponde a una interpretación marxista de la historia y teoría de la Geografía.

 

En los sucesivos momentos de la solución parcial de la contradicción esencial, el análisis subjetivista del idealismo, ve momentos de “crisis de la ciencia”, a lo que Lenin observó que tales “crisis” no eran, ni podían ser en sí, de la ciencia, sino de los fundamentos gnoseológicos de los científicos: ese era el momento del positivismo entre fines del siglo XIX y principios del XX en sus influencias y derivaciones.

 

A medida que se avanzaba en el siglo XX, dice Josefina Gómez Mendoza, et al: “…las posiciones se decantaban, se asistía a una progresiva negación de las formulaciones del liberalismo y a un correctivo resurgimiento del interés por la incorporación de las propuestas marxistas”[1].

 

Esto no pudo ser sino incluso unos años después del triundçfo de la revolución socialista en Rusia y la fundación y trabajos del Instituto Marx-Engels, para recuperar y publicar su obra, empezando esto hasta 1925.  Ese parcial y eventual vacío de fines de los años ceinte y la década de los treinta, fue llenado por personajes como Antonio Gramsci, desde cuyos trabajos ya pretendía “superar al viejo y decimonónico Marx”, siendo Gramsci el antecedente directo del grupo de filósofos que formaron la llamada Escuela de Frankfurt (1937), autoidenominada “neomarxista”, en donde ya desde el momento mismo en que se denomina “nuevo” marxismo, ya hay en ello una revisión y tergiversación  del verdadero marxismo, que la intelectualidad burguesa no puede soportar, porque conoce su poder.

 

Este gramscismo y “neomarxismo” fueron (y siguen siendo), en el campo de la geografía, el fundamento de las llamadas “geografías radicales”; es decir, de la intelectualidad pequeñoburguesa político-socialmente consciente, que hizo, mediante la politización de la ciencia, del gabinete del investigador, del aula académica, y del ensayo de crítica al capital, un medio para “hacer la revolución”.

 

La consecuencia de ello, lo que está en el fondo, es, como dicen los autores de la obra en cuestión: “la <<teoría crítica>> [origen del “posmodernismo”, a-científico respecto de la ciencia de la modernidad ilustrada], enunciada contra la <<teoría tradicional>> [la ciencia y el método científico de la modernidad ilustrada, galileano-kepleriana y baconiano-cartesiana], caracterizada [esta] por la derivación lógica de los enunciados y la exigencia de la comprobación empírica”[2].  Comenzó así, una nueva y feroz lucha oscurantista embusteramente disfrazada del “nuevo Marx”, contra la ciencia de la modernidad ilustrada defendida en el pensamiento verdaderamente marxista.

 

No sólo este neooscurantismo” se pronunció contra la lógica y la comprobación práctica, sino contra el análisis cuantitativo y la objetividad de la teoría del conocimiento, creando confusión al criticar al neopositivismo en tales principios de la ciencia de la modernidad compartidos por éste, identificándolo en el fondo con el marxismo.

 

Ha habido, pues, en esta “geografía radical” de fundamentos frankfutianos, una obstinación por la geografía entendida como ciencia social.  Esos fundamentos frankfurtianos “neomarxistas”, son, en realidad, fundamentos gnoseológicos idealistas subjetivos, eminentemente fenomenológico-kantianos, como más adelante lo haremos ver.

 

Se parte en ello de una premisa falsa: <<El objeto de estudio de la geografía, es el espacio social>>, noción que no ha sido fácil de superar en el pensamiento geográfico.  Cuando el estudio del espacio (así, sin adjetivos) en geografía, se confunde con el espacio social, como dice el colectivo de autores del libro aquí tratado, se denomina una fetichización (es decir, donde se toma al fetiche en sustitución del objeto real).  Superar tal sutileza ha sido algo complejo; por una parte, por la naturaleza concreta del contenido mismo de los estudios geográficos (los fenómenos); y por otra parte, por la complejidad que ha supuesto el entendimiento del espacio en la historia del pensamiento humano.

 

Más complejo resulta aclara ello, cuando es la “geografía radical” misma la que acusa de “fetichismo espacial” a la geografía científica que toma al espacio (así, sin adjetivos), como su objeto de estudio.  Es decir, que plantea una fetichización al revés, donde lo real es el espacio social, y el fetiche el espacio como tal (sin adjetivos); por lo demás, falsamente reduccionista, al atribuírsele equivocadamente, “en el que las relaciones entre grupos o clases sociales, se presentan como relaciones áreas”[3], desde el momento en que se parte del supuesto de que, al estudiar el espacio (las “áreas”), se aduce que se está estudiando los fenómenos, y en particular, el social.

 

En el estudio de la geografía como ciencia del espacio, no se estudian los fenómenos; sino se estudia el espacio, y sólo el espacio, de acuerdo con las propias leyes de éste.  Si en el espacio se define “un área” de un fenómeno natural (por ejemplo, un bosque), y de manera contigua “un área” de un fenómeno social (por ejemplo, una ciudad), en ello, ni se está estudiando el bosque, ni se está estudiando la ciudad, por lo que tales fenómenos son (lo cual compete al especialista en ello con arreglo a sus propias leyes); sino lo que se está estudiando, geográficamente, son, exclusivamente, las propiedades espaciales de tales hechos, y de acuerdo con las leyes del espacio, para entender al espacio mismo.  Ello, evidentemente, arrojará una faceta de conocimiento acerca del fenómeno, pero ello sólo en tanto ese auxilio que la geografía ha de dar necesariamente al resto de las ciencias, en la interconexión universal del sus fenómenos estudiados.



[1]        Gómez Mendoza, Josefina; et al; El Pensamiento Geográfico; Alianza Editorial; Madrid, 1982; p.137.

[2]        Ibid. p.137 (corchetes nuestros).

[3]        Ibid. p.144.


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14 agosto 2011 7 14 /08 /agosto /2011 23:01

Sextante y CatalejoLa Geografía como Ciencia de los Balances de Energía del Sistema Terrestre, de Riábchikov, 1976.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri,

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://spacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra; 1 (jN, lW); 15 ago 11.

 

En 1976, la soviética Editorial MIR, publicó en español la obra de A.M. Riábchikov, Estructura y Dinámica de la Esfera Geográfica.  Es todo un caso singular en las propuestas teóricas acerca del campo y objeto de estudio de la Geografía.

 

La propuesta de Riábchikov, compartida por todo un grupo de académicos soviéticos en ese momento en el campo de la llamada “geografía física”, y fundada en el pensamiento materialista dialéctico, es la de una ciencia que, aun cuando él refiera esa definición a dicha “geografía física”, en general, como él mismo dice, “comprende el estudio de los paisajes naturales de la superficie terrestre, de las leyes generales y de las condiciones geoestructurales, del surgimiento, desarrollo, ciclo de sustancia y energía y de su dinamismo en la producción económico-social” (Op. Cit. P.17).

 

En el paisaje retoma nuevamente a Hettner; en el concepto de superficie terrestre, retoma el concepto de espacio que, como superficie bidimensional, pero como superficie terrestre conceptuada modernamente, es una superficie curva, y, por definición, con propiedades tridimensionales, constituyendo la noción del hiperplano, que en realidad salta ya, ambiguamente, al concepto de volumen (volumen, por demás, así mismo, curvo).

 

Desde Indicopleustes, pasaron quince siglos para que en geografía se hiciera nuevamente explícita esa idea, si bien ahora como una tridimensionalidad ya no euclidana, sino lobachevskiana.  En el concepto de “condiciones geoestructurales”, muestra Riábchikov sus vínculos al campo geológico-geomorfológico; con el concepto de “ciclo de sustancia y energía”, da lugar al “enfoque ecologista”; y en la idea del “dinamismo en la producción económico-social”, da su lugar correspondiente a la “geografía económica y política”.

 

Así, la idea de Riábchikov, es una eclecsis perfecta no sólo de todo lo involucrado en la “geografía fenomenista”, sino de ésta, con los principios de la “geografía espacista”.  Es, al final, una versión aumentada contemporánea de la definición mertonniana de principios de ese mismo siglo, dada ahora setenta años después.

 

La obra “Estructura y Dinámica de la Esfera Geográfica”, 1976, es inmediata a la publicación del primer estudio global: “Los Límites del Crecimiento”, 1972; entre otros semejantes que a partir de éste se comenzaron a hacer y publicar, y guarda con ello cierto paralelismo en su espíritu, afirmando el riesgo del sobrepaso de los límites del ecosistema planetario en su capacidad de autopurificación.

 

Para Riábchikov, la idea central es el paisaje, el cual define como: el “complejo territorial genéticamente homogéneo, de misma composición y correlación entre los componentes de la esfera geográfica”, a manera de sustrato portador que pone de manifiesto el espacio tridimensional ya claramente definido como un volumen, en el concepto de “esfera geográfica”.

 

A la vez, el paisaje como ese sustrato portador de las propiedades del espacio, se estructura, dice Riábchikov explícitamente, “en 4 faces”, las cuales no son otra cosa que las clásicas “cuatro esencias” o “cuatro Elementos”, reunidos por Empédocles: tierra, agua, aire, y, supliendo al fuego por los organismos.

 

El paisaje se identifica así, con el concepto de “medio natural”, el cual quedará sujeto a tres grandes factores que le determinan: 1) la radiación solar, 2) la tectónica, y 3) la producción económico-social; y en su estudio, la propuesta que elabora, es la de análisis en cuanto al balance de energía entre sus factores determinantes y sus elementos componentes, cuyo comportamiento identifica en un ciclo.

 

Con Riábchikov, finalmente la Geografía arriba históricamente al concepto de espacio tridimensional tratado como tal, en una noción muy especial: su estructura es la de un volumen dado por la figura  geométrica de una “corona esférica”, en un volumen anular cerrado, cuya base es la superficie terrestre, y cuya altura de una espesor de unos 55 km, que se distribuye en unos 40 km al interior de la Corteza Terrestre, y apenas poco más de 15 km atmosféricos hasta la estratopausa (al interior de tal “anillo esférico”, estaría el centro de la masa terrestre , y por fuera del mismo el espacio cósmico),  Apenas, retomando Riábchikov a Milkov, los 500 m de profundidad de la Corteza Terrestre, que denomina como la “zona de la hipergénesis”, es la masa del más intenso intercambio de sustancia y energía, y capa formadora del paisaje.

 

Esos 55 km de espesor del espacio geográfico, en la proporción de los 6,371 km del radio de la Tierra, es apenas una delgada película.  A esa escala, se entiende por qué tardó tanto el salto del hiperplano al volumen tridimensional, así fuese en esas condiciones de una “corona esférica”.


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7 agosto 2011 7 07 /08 /agosto /2011 23:01

BrujulaLa Teoría de la Regionalización en la Teoría Contemporánea del Objeto de Estudio de la Geografía.  Artículo, 2011.

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri,

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

 de Geografía Teórica.

http://spacio-geografico.over-blog.es/

La Tierra; 1 (jN, lW); 08 ago 11.

 

A partir de Vidal de la Blache, cuando éste planteó por primera vez el problema teórico del objeto de estudio de la Geografía como “ciencia de localización o de los lugares”; siendo que hasta entonces ésta había abandonado las pretensiones totalistas y de síntesis del conocimiento universal del Cosmos de Humboldt o del Erdkunde de Ritter, y la Geografía se encontraba inmersa en sus intentos de caracterización por su campo de estudios, ya como ciencia social en función de lo natural, como se desprende de la Antropogeografía (1892), y otros trabajos de Geografía Política de Ratzel; o bien ya como ciencia natural en función de lo social, como se derivaría del planteamiento geomorfologista de Richthofen, heredando de aquellos esa idea de la Geografía como ciencia de síntesis; se atraviesa entonces por una serie de momentos de síntesis, que llevan poco a poco a la conciencia del pensamiento geográfico, a la definición del objeto de estudio como el espacio terrestre.

 

En ambos casos, entre Ratzel y Richthofen, lo central era el estudio de los fenómenos, cuya síntesis se preestablece, y muy ambiguamente, intentando su deslinde de las ciencias particulares sobre los mismos; a la par que los primeros cinco congresos internacionales de Geografía en la década de los años ochenta del siglo XIX, se demandaba la exclusión de la Cartografía como una ciencia aparte, para hacer de la Geografía algo consecuente con ese fundamento teórico de la Geografía como un sistema de ciencias.

 

Un siguiente momento histórico de síntesis del pensamiento geográfico en torno a la definición del objeto de estudio de la Geografía, se dio con el sucesor de De la Blache, Emmanuel de Martonne (1909), quien da una nueva aproximación al concepto de espacio, entendiendo el lugar de Vidal de la Blache, como la superficie terrestre, en la se distribuían los fenómenos, estos últimos que seguían estando presentes con el generalizado desarrollo teórico.

 

Ello, finalmente, llevó a Alfred Hettner (1927), quien explícitamente, por fin, en su momento histórico de síntesis del pensamiento geográfico, expone el objeto de estudio de la Geografía como el espacio.

 

No obstante, ese espacio de que habla Hettner, es en su idea corográfica, idea que implica el conjunto de los fenómenos distribuidos en la superficie terrestre, retomando en ello la idea de Emmanuel de Martonne.  Pero Hettner no sólo se va a distinguir  por haber hecho explícito el concepto de espacio que históricamente había estado ahí oculto, sino por dirigir la atención al estudio de éste desde su estructura, dada en las unidades regionales (o espacios particulares en los que destaca la propiedad de homogeneidad).

 

Ese concepto de la regionalidad en la teoría geográfica viene desde el origen mismo de esta ciencia (y como propiedad el espacio terrestre no podía haber sid de otra forma); pero por ahora nos interesa su tratamiento en la problemática teórica contemporánea, inmersa en la discusión teórica del objeto de estudio de la Geografía.  Y ello, pues, es lo que queda planteado a partir de Hettner.

 

Entre las continuidades dadas a partir de los aportes de éste, están los trabajos; ciertamente tardíos, a treinta años después, de la Unión Geográfica Internacional en el XIX Congreso Internacional de Geografía, celebrado en Estocolmo, en 1960.  Así, no sólo fueron los trabajos de Richard Hartshorne (la traducción de las ideas de Hettner en el pragmatismo norteamericano), o el análisis dl espacio en los modelos de la matemática ya no únicamente geométrica de las proyecciones cartográficas, sino en los modelos de la geometría de conjuntos, o en la geometría topológica, que se desarrolló en la mal llamada “geografía cuantitativa” (como si fuese una “nueva geografía” de moda, y no un desarrollo lógico y natural de la misma ciencia), de los años cincuenta a sesenta del siglo XX.

 

La teoría de la regionalización en este período histórico contemporáneo, se planteó ahora como un modelo cuantitativo a partir de la economía y una matemática estadística.  Este análisis estadístico quedaba más vinculado a lo concreto, y tan vinculada a lo concreto económico, que incluso no se reconoció por nadie como una variante de la “abstracta” “geografía cuantitativa”.

 

Siendo, por lo tanto, menos abstracta que los modelos cuantitativos en la teoría de conjuntos o en la topología, y más recientemente en la geometría de fractales, atrajo más la atención de los geógrafos de los años sesentas.  Y ello ocurrió en una situación paradójica: antes, la teoría geográfica regional, había venido siendo desarrollada por economistas, auxiliados, a su entender empírico (porque no había teoría), de la geografía; como lo fue el caso de Von Thünen desde el siglo XVIII, y August Lösch en siglo XIX, o de W. Christaler (ya geógrafo), en el siglo XX, entro otros.

 

Si bajo la influencia hartshorniana había estado en México la figura del Dr. Jorge A. Vivó Escoto; ahora aquí aparece la figura del Dr. Ángel Bassols Batalla, quien fue, incluso, miembro correspondiente de la Comisión Sobre Métodos de División Económica Regional, creada en los ya mencionados trabajos de la UGI durante el XIX Congreso Internacional de Geografía, y que se reunió anualmente hasta que en 1967, los resultados de la participación de este investigador en dicha Comisión, dio por resultado su obra: La División Económica Regional de México, 1967, en la que da los antecedentes históricos, da a conocer la teoría particular de la división geoeconómica regional y su método, y expone la práctica de ésta en México.

 

La teoría de la división geoeconómica regional estuvo directamente vinculada, e incluso, en cierto modo, dirigida, a la planificación económica socialista, que en México tuvo su inicial emulación desde la creación del Plan Sexenal del gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940).  Y, decimos, en cierto modo dirigida, dado que quien presidió aquella Comisión Sobre Métodos de División Económica Regional, fue el Dr. Stanislaw Leszcycki, Director del Instituto  de Geografía de la Academia Polaca de Ciencias, y presidente del organismo de Planeación Económica de Polonia, en esos años, socialista.

 

Y todo ello, para la geografía regional, que fue su virtud, se convirtió, al mismo tiempo, en su pecado: una economía de mercado capitalista, como la de México, está negada, por definición, con la posibilidad de toda planificación económica, de donde su fundamento, la división económica regional, carecía de importancia y necesidad para el orden establecido, a pesar de que, de la política de “planificación” (concepto categórico e impositivo, por demás de la economía socialista), se pasó a hablar de política de “prospección indicativa”, como conjunto de meras sugerencias al sistema, acerca de cómo distribuir mejor la riqueza.  A ello, el sistema económico-social capitalista respondió con la instauración de lo opuesto: el modelo económico neoliberal, el “libre mercado”, la “libre competencia”; y a partir de 1982, toda pretensión de orden, se fue por la atarjea; y tales desarrollos de la geografía iniciados en 1960, no pudieron ir más allá de mediados de la siguiente década, a la que incluso la teoría regional llegaba demasiado tarde, pues apenas en 1975, tres años  después del curso “Introducción al Estudio de los Métodos Cuantitativos Aplicables en Geografía” (1972), impartido por John P. Cole, tiene lugar en el mismo Instituto de Geografía de la UNAM, el “Primer Seminario Sobre el Concepto de Regionalización”, en el cual se hace una revisión histórica, y se comienza a valorar sus contribuciones.

 

La geografía hettnertiana estudiosa del espacio terrestre, en su análisis regional,, cuyo fin último se cifra en la planificación económica social, entró en contradicción, ya no por la falta de consideración del espacio, ni esencialmente por centrarse en el fenómeno económico, que, al final, sería una aplicación de ese análisis cuantitativo; sino por su énfasis estructural-funcionalista en la solución de una problemática económico-social, fuera de lugar y momento histórico, que desde un verdadero análisis marxista (incluso con los escasos elementos que en aquel entonces nosotros aún teníamos), se evidenciaba en lo inmediato (y razón por la cual, si bien creímos en ello por un momento, no nos vinculamos a las influencias del Dr. Bassols).

 

A tal proyecto, en el plano mundial, estuvieron estrechamente vinculados, los llamados “geógrafos radicales”, que en México tuvieron su variante en los autodenominados “geógrafos progresistas”, incluso agrupados organizadamente en torno al Dr. Ángel Bassols Batalla, en la “Unión de Geógrafos Progresistas de México” (1978-[1994]), en donde, de la contradicción teórica de la geografía dirigida a los fines de planificación económico-social vista ya desde los años setenta, se pasó, durante los años ochenta, simultáneamente a la instauración del modelo económico neoliberal, a la crítica al sistema capitalista que no había aceptado sus políticas de ordenamiento territorial expuesto en sus trabajos de división económica regional, para fines de planificación, viéndose empujados cada vez más a la “politización de la ciencia”.

 

Todo ello no significa que sus aportes hayan sido menores o carezcan de importancia histórica; por lo contrario, su virtud ha consistido en que ha sido un adelanto, hemos dicho, fuera de lugar y de tiempo, del esencial papel de la geografía en su función social, donde sólo esto es posible que se realice: en la futura sociedad socialista.

 

Finalmente, las cosas no fueron como el Dr. Ángel Bassols afirmaba, es decir: que, “para que la situación cambie, es necesaria una planeación económico-social firmemente llevada a cabo”[1].  Ello, cuando lo leímos, reservadamente lo criticamos viendo en ello el error a-histórico por el que, lo correcto, es justo al revés: es decir, que, sólo cambiando la situación económico-social, es como será posible realizar una planeación firmemente llevada a cabo.; y tomamos posición respecto al modelo cuantitativista de la regionalización geoeconómica.

 

Como quiera, ello no era “La Geografía”, sino únicamente una aplicación de un modelo cuantitativo más, valioso como cualquier otro, fundado éste en factores económicos y estadísticos, que nos adelantó en el conocimiento y metodología del análisis del espacio geográfico.

 

Y de ahí que, en los años ochenta, en el desarrollo positivo de la geografía, la atención girara nuevamente de la pretendida solución mediante modelos aplicables en geografía, a la esencia teórica del objeto de estudio de esta ciencia; en lo que ya nos tocó a nosotros no sólo ser parte, sino elemento protagónico.

 

Hubo, internacionalmente, la búsqueda en otras soluciones con cuatro alternativas: 1) la continuación de la ociosa búsqueda con fundamentos idealistas subjetivos, de la geografía fenomenista, en modelos geomorfologistas, ecologistas, etc; 2) de la geografía como ciencia de los balances de energía del sistema terrestre, una transición entre la geografía fenomenista y espacista, con fundamentos en la dialéctica materialista, de Riábchikov, (1976); 3) de la geografía como ciencia de las transiciones entre los Elementos, igualmente entre fenomenista y espacista, aún cuando con más énfasis en lo primero, con fundamentos en la dialéctica materialista, del Dr. Carlos Sáenz de la Calzada (1977), y del Lic. José C. Martínez Nava, con énfasis en lo espacista (1995); y 4) la de la geografía como ciencia del espacio terrestre (en su momento dicho así, lo que eso fuera, estando por investigarse), de la misma manera, con fundamentos en la dialéctica materialista, la cual constituye nuestra propuesta (Luis Ignacio Hernández Iriberri, 1983); y a cada una de las cuales, les dedicaremos un artículo aparte.

 



[1]        Bassols Batalla, Ángel; Geografía Económica de México; Editorial Trillas, Primera Reimpresión; México, 19736; p. 362


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3 julio 2011 7 03 /07 /julio /2011 23:04

Ícono Geografía Teórica (Brújula)-copia-2El Desarrollo Positivo de la Geografía.  Artículo, 2011 (2/2).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

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La Tierra, 1 (jN, lW); 20 jun 11.

 

Al fallecimiento simultáneo tanto de Humbldt como de Ritter en 1859, la geografía no será ya más viable por ese derrotero, y se planteó más bien la necesidad de su particularización, tanto por la necesidad dada de su desarrollo interno, como al impulso mismo del factor externo dado en el deslinde que se hacía en el conjunto de las ciencias en su proceso de especialización.  Y poco más de veinte años después, por un lado, en la figura de Ratzel, se propone una primera idea de la particularización de la Geografía como ciencia política, en su Antropogeografía (1882), una variante extrema de la línea de pensamiento estraboniano; pero, prácticamente de manera simultánea, en la figura de Richthofen (1883), se propone una segunda idea de dicha particularización de la Geografía, en éste, como ciencia natural del estudio de la Corteza Terrestre y lo dado sobre ella, en una primera versión de la ciencia de la geomorfología.  Pronto los seguidores de éstos verán las limitaciones e insuficiencias en esas parcialidades dirigidas ya a lo social en función de lo natural (Ratzel), o ya de lo natural en función de los social (Richthofen).

 

Concurre simultáneamente en ese primer lustro de los años ochenta del siglo XIX, la celebración ya, de la idea del Congreso Internacional de Geografía, en cuyos primeros cinco Congresos, lo relevante ha sido el resolutivo, desde el I Congreso, de declarar a la Cartografía como una ciencia aparte, dejando a la Geografía, entonces, como un “sistema de ciencias”.  Durante el lapso de los primeros cinco congresos hubo resistencia a cumplir con tal declaración, pero justo en el V Congreso, se exigió el cumplimiento de la misma; de donde brotó el pronunciamiento de Vidal de la Blache, de que la Geografía era <<una ciencia de la localización, de los lugares y no de los hombres>>.

 

Así se llega a la vidaliana localización o lugar (fines del s.XIX), de lo cual se pasó, en 1909, a las martonnianas relaciones de los fenómenos considerados en la superficie terrestre, y casi veinte años después, a las unidades regionales hettnerianas (1927), o del paisaje hartshorniano (a mediados del s.XX).

 

En 1976 llega a México una remesa de libros de importación desde la Unión Soviética, los que en ese entonces podían adquirirse en un buen número de librerías que distribuían a las editoriales socialistas, centralmente, en la pequeña librería del Instituto de Relaciones Culturales México-URSS, y fue ahí donde recién publicado, adquirimos la obra de A.M.  Riábchikov, Estructura y Dinámica de la Esfera Geográfica, que, no obstante definirse en el ámbito de la geografía fenomenista al tomar al paisaje y al medio geográfico en su conjunto como el objeto de estudio, rompía con todo lo antes expuesto en el tratamiento del mismo, en tanto que las relaciones entre los fenómenos los plantea en términos de su transferencia de energía, pero, más aún, si bien esa energía aproximaba a la idea del vacuum al que un lustro después nosotros llegaríamos, una virtud más del trabajo de Riábchikov, estaba, en función de esa transferencia de energía como lo central, en acabar de saltar del hiperplano, al volumen del espacio tridimensional, mismo que estaba contenido en la idea de “esfera geográfica” (básicamente la Tropósfera); y no obstante, ello no era todo, en dicha obra venía algo más, fundamental en el concepto de ciencia en el cual buscábamos la definición de la Geografía: el enunciado de dos de sus leyes generales, si bien éstas son puramente resultado de la observación empírica históricamente dada.

 

Y así, finalmente a partir del inicio de los años ochenta de ese siglo XX, se llega hasta a nosotros, al autor de estas líneas, en el que el espacio geográfico, en un escalón más en el proceso histórico de abstracción y generalización del objeto de estudio de esta ciencia, éste es teorizado directamente en su esencia como lo que finalmente es: el vacuum, en el cual se manifiesta esa dialéctica de la dimensionalidad material continuo-discreta de los estados de espacio; esperando ahí a las nuevas generaciones de geógrafos para el estudio consecuente de ello en el siguiente paso en el escalón histórico.

 

En ese proceso histórico, desde Anaximandro a Vidal de la Blache, el concepto de espacio geográfico dependió exclusivamente de su noción empírica.  A partir de este último autor, se presentó ya la necesidad de teorizarlo en función de la necesidad misma de definir el objeto de estudio de la Geografía; por un lado, ante el deslinde histórico de las demás ciencias; pero por otro, dadas las limitaciones reduccionistas como la de Richthofen, que hacían de la geografía una geomorfología, o dados los absurdos a que se había llegado tanto con Ratzel en su Antropogeografía (1892), como con los resolutivos de los Congresos Internacionales de Geografía entre 1881 y 1885.

 

Esa teorización del espacio geográfico, pues, viene apenas, en cierto modo, de Vidal de la Blache y su seguidor, Emmanuel de Martonne; pero ya plenamente, apenas de manera por demás muy reciente, de Alfred Hettner y A.M. Riábchikov, a nuestros días; y de la consumación de su teoría, y sólo de la consumación de su teoría, es que la Geografía estará en una nueva posibilidad histórica de hacer real su verdadera y responsable función social, contribuyendo con el conocimiento de lo propio históricamente dado, a la transformación de la realidad objetiva.

 




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26 junio 2011 7 26 /06 /junio /2011 23:04

Ícono Geografía Teórica (Brújula)-copia-2El Desarrollo Positivo de la Geografía.  Artículo, 2011 (1/2).

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

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La Tierra, 1 (ɸN, λW); 13 jun 11.

 

Por “desarrollo positivo” en la ciencia, se entiende como la evolución de ésta a partir de sus propios fundamentos, desechando lo que en ellos haya de no-vigente.  Y, siempre será necesario aclarar, que la palabra “positivo”, no se refiere y nada tiene qué ver, con la filosofía positivista; a lo que tal término alude, es simplemente al constante progreso de la ciencia.

 

Así, en la Antigüedad, el concepto de espacio geográfico se dio en forma del antiguo lugar y forma en la preocupación de Anaximandro (s.VI ane), de la localización de Eudemo, o de la magnitud o dimensión simétrica isomórfica en Dicearco, Eratóstenes, Posidonio y Crates; donde en particular, con Eratóstenes se da en la aristotélica superficie terrestre, con la descripción o “graphe” griega dada en la corografía de las esfrágidas o zonificación y regionalización del mapa, a manera de un espacio bidimensional (s.III ane); sobre lo que avanzaron Hiparco, Gémino, Marino, y Ptolomeo (todo ello hasta el s.I ane).

 

Luego, durante la Edad Media, en la parte inicial o de la llamada Alta Edad Media, la Geografía ha sido, de manera sorprendente, la “Topografía Cristiana” de Cosmas Indicopleustes, de una espacio euclidiano tridimensional (s.VI); y ya en la parte final o de la Baja Edad Media, de la localización en Fra Mauro, los hermanos Germano, y Juan de la Cosa.

 

En el momento ya propiamente renacentista (ss.XV-XVII), desde Toscanelli y Behaim, como de Vespucio y Colón entre fines del siglo XV y principios del siglo XVI, hasta todos los demás en una pléyade de estudiosos, más conocidos por su producto intelectual como “Cartógrafos”, durante los siglos XVI a XVII, la preocupación geográfica fue la representación en la proyección bidimensional del hiperplano, hasta Bauche, con el cual comienza una transición a la consideración tridimensional del espacio terrestre tomado como ese hiperplano.

 

Inmediatamente después están los trabajos de mexicano José Antonio de Alzate y Ramírez, que en 1772 espera de las Relaciones Geográficas en poder de José Antonio Villaseñor y Sánchez, los datos censales levantados a mediados de ese siglo, para poder hacer la exposición de espacio geográfico elaborando la nueva carta geográfica de Nueva España o de la América Septentrional, y en cuyo enunciado de su tarea expone, en la más breve y brillante síntesis: El Estado de la Geografía de la Nueva España y Modo de Perfeccionarla[1], la más vasta y compleja teoría acerca del objeto de estudio (en Alzate, el espacio bidimensional dado en la Carta Geográfica), método y finalidad social de la Geografía.  Hasta llegar a Humboldt y Ritter, en uno el hiperplano dado en el Cosmos (la armonía de la totalidad), y en el otro como la totalidad misma en el Erdkunde, y en cuyo planteamiento, en ambos, subyace ya la dialéctica de lo continuo-discreto.

 

Humboldt y Ritter, finalmente, habían llevado hasta sus últimas consecuencias la idea de la geografía estrboniana, para quien, eminentemente historiador, dice al final de su Capítulo Primero luego de haber examinado a su criterio a lo que se refiere el saber geográfico: “Por eso nosotros, luego de haber compuesto nuestras Memorias históricas, útiles, según creemos para la filosofía moral y política, hemos decidido añadir también esta obra, que posee la misma forma y está referida a las mismas personas…”[2]; esto es que, así como había una Historia como la “historia en el tiempo”, su paralelo era la Geografía, como la “historia en los lugares”; esto es, llevado ello a su máxima abstracción y generalización en Humboldt y Ritter, fue; ya en el Cosmos, en tanto la armonía del todo de la naturaleza, o bien el Todo mismo concebido en el Erdkunde; la historia de los fenómenos ya naturales como sociales, en su distribución en la superficie terrestre.

 



[1] Alzate y Ramírez, José Antonio de; El Estado de la Geografía de la Nueva España y Modo de Perfeccionarla; Asuntos Varios Sobre Ciencias y Artes Nº 7, del 7 de diciembre de 1772.

[2]      Estrabón; Geografía, Prolegómenos; Editorial Aguilar; Madrid, España, 1980; p.26 (Estrabón, I,23).

 


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19 junio 2011 7 19 /06 /junio /2011 23:07

Ícono Geografía Teórica (Brújula)-copia-2Datos Sobre la Crítica de Schaefer a Hartshorne.  Ensayo, 2011 (7/7) Resumen [*].

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

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La Tierra, 1 (φN, λW); ago 11.

 

Schaefer va a poner como ejemplo el caso del “determinismo económico” en Marx, sin entender la relación de la dialéctica materialista que establece éste entre las categorías de causalidad y necesidad (como una relación entre el fenómeno y la esencia) por las cuales, algo puede operar como la causalidad de otra cosa que le será su efecto; en este caso, por ejemplo, la explotación del trabajo asalariado como causa del orden capitalista, en el que ahí hay, indudablemente, un determinismo económico universal en la relación de causa-efecto entre los fenómenos “explotación del trabajo asalariado” y “orden capitalista”, pero que dialécticamente, al mismo tiempo, no ha de ser necesariamente fatal; es decir, que no necesariamente, por su esencia, ha de ocurrir así eternamente, sino más aún, justo esa explotación del trabajo asalariado como fenómeno causa, en otro momento traerá como efecto la destrucción misma del orden capitalista como efecto esencia.  “Explotación del trabajo asalariado” y “orden capitalista”, son fenómenos que desarrollan una esencia (en este caso, por ejemplo, la lucha de clases sociales), y en ese sentido son necesarios, han de ocurrir obligatoriamente.  Pero el determinismo, la causalidad entre ellos, no se basa en esa esencia de la lucha de clases (es decir, que esos fenómenos no ocurren por la lucha de clases sociales como causa, cuando más bien ésta sería su efecto), sino que la causalidad, con lo que tiene qué ver, es con la influencia o afección entre esos fenómenos; esto es, con el hecho de que uno, “la explotación del trabajo asalariado”, es causa del otro, “el orden capitalista”.  Causalidad y necesidad, son pues, categorías muy distintas.

 

De ello deriva la falsa interpretación idealista burguesa del “determinismo económico” que Schaefer reproduce:

 

“Aquellos que censuran a Marx, por su “determinismo económico” no rechazan necesariamente la idea de la existencia de leyes universales.  Lo que rechazan es, más bien, la doctrina de que si se conociera todo sobre las condiciones económicas y tecnológicas de la sociedad, se podría dentro de estos términos predecir su “superestructura” y su evolución futura.  El determinismo científico así entendido debe distinguirse, pues, cuidadosamente de los diversos determinismos con un adjetivo, como por ejemplo el determinismo económico” (p.81; subrayado nuestro).

 

Aparece el “determinismo geográfico”, igual que el “determinismo económico”, mecánicamente entendidos. Y, en consecuencia, tal determinismo, tal causalidad mecánica necesaria, ya no tiene nada qué ver con el determinismo científico, es decir, con la causalidad que se limita a explicar la relación entre los fenómenos, pero que no es suficiente, por sí sola, para explicar la esencia.  Así, el “determinismo geográfico” se queda en la pura relación entre los fenómenos (naturales y sociales), identificando en ello la esencia misma, por la cual, unos, los fenómenos naturales, son, esencialmente, la causa necesaria de los otros, los fenómenos sociales.

 

Schaefer, así, adjudica a la geografía regional (la geografía espacista) –y quizá no sin razón en la insuficiencia tanto de Hettner como de Hartshorne–, su desinterés por la búsqueda de leyes y el pretender limitarse a la descripción.

 




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19 junio 2011 7 19 /06 /junio /2011 23:06

Ícono Geografía Teórica (Brújula)-copia-2Datos Sobre la Crítica de Schaefer a Hartshorne.  Resumen, 2011 (6/) Resumen [*].

Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.

“Espacio Geográfico”, Revista Electrónica

de Geografía Teórica.

http://espacio-geografico.over.blog.es/

La Tierra, 1 (φN, λW); 25 jul 11.

 

Continúa Schaefer con los temas que antes ha enumerado, y a continuación pasa al muy especial tema del instrumental en geografía:

 

3) los instrumentos geográficos; punto en el que se ratifica el carácter espacista de la geografía: “Técnicamente –dice Schaefer–, el carácter morfológico de la geografía encuentra su expresión en su propio instrumental específico: mapas y correlación cartográfica” (p.75).  Esa “morfología”, hemos dicho, a lo que se refiere es a las estructuras espaciales, luego entonces, Schaefer no puede más que reconocer, con las categorías propias del análisis espacial, que el mapa como instrumento no es mas que un isomorfo de ella.

 

Luego continúa examinando los puntos que ha enumerados, particularmente el concepto de "región", que analizamos en su asociación a otros aspectos como el holismo en "la integración del todo", y cómo deviene la crítica al carácter de "lo único" en Hartshorne, dirigida a Hettner.

 

Y así, con fundamento en su filosofía pragmática, critica indirecta e inconsecuentemente tanto a Humboldt como a Ritter

 

 En el punto 8, el determinismo geográfico; es con lo que finalmente Schaefer termina su análisis.  Y aquí nuevamente revelará una serie de contradicciones más, pues identifica el "determinismo geográfico" (como la causalidad de todo en el medio natural), con el principio de determinismo en general en la ciencia (el principio de causalidad en general).

 

De igual manera, desde su pragmatismo, Schaefer criticó negando la posición historicista, negando con ello, a su vez, la posibilidad de la predicción científica, y de ahí se plantea equivocadamente, en función de esa identidad de categorías, el problema establecido desde el siglo XIX con Friederich Ratzel (1882): el que, científicamente en geografía, según éste, puede hablarse de un “determinismo geográfico”; es decir, de una causalidad geográfica.

 




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